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10/05/2013 |
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El actor navarro falleció el pasado jueves en Madrid a los 80 años según ha confirmado la Academia de Cine Español. Su familia no ha hablado sobre los motivos del fallecimiento, aunque conocidos del artista han indicado que se encontraba enfermo desde hace tiempo.
Alfredo Landa (Pamplona, 1933) fue el creador de un género propio "el landismo" que denomina las películas que protagonizó durante un periodo los años 60 y 70. En total más de de un centenar de películas desde sus inicios cuando dejase la carrera de Derecho para convertirse en actor. Tras varios papeles en el teatro, José María Forqué le descubrió y en 1962 debutó en el cine en Atraco a las tres, convirtiéndose en una de las estrellas del cine español en unos momentos en los que España abría fronteras al turismo internacional. De esta etapa son Cateto a babor o Vente a Alemania Pepe. Años más tarde su registr ose ampliaría a dramas ya clásicos de la historia del cine español como Los santos inocentes, La vaquilla o El bosque animado.
En 2008, un año después de retirarse de la vida pública, recogió el Goya de Honor, que sumaba a los obtenidos como mejor actor por El bosque animado en 1987 y La marrana en 1992.
Imagen: Fotograma de El bosque animado
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09/05/2013 |
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Hace cuatro años aparecía en Venecia en la Punta della Dogana, emblemática entrada al Gran Canal, una escultura de un joven desnudo sujetando una rana. Una pieza, de 2,40 metros realizada por Charles Ray, que pretendía celebrar y destacar la apertura del museo de la colección Pinault. Un emplazamiento que fue criticado y polemizado en la prensa al situarse en un punto tan emblemático y público de la ciudad. Finalmente, el Ayuntamiento ha decidido ahora que el joven sea retirado y se ponga la farola veneciana del siglo XIX que anteriormente ocupaba este lugar. De nuevo ha estallado la polémica y voces como la del crítico Francesco Bonami se han alzado en contra de esta decisión atribuida al hecho de que la pieza es una obra de arte contemporáneo.
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09/05/2013 |
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Probablemente pocas cosas sean tan poco punk como una exposición en el Metropolitan Museum de Nueva York, una institución consolidada y perteneciente al discurso dominante como pocas que, sin embargo, siempre se ha distinguido en el ámbito de la museología y la museografía por su capacidad para realizar exposiciones novedosas, reveladoras y espectaculares.
De hecho el departamento del museo dedicado al estudio del traje y de la moda (The Costume Institute of The Metropolitan Museum of Art) siempre ha sido una de sus atracciones principales, desde que las elegantes muestras de la época de la editora Diana Vreeland generaran largas colas y una expectación inusual en la sociedad más allá del sector del arte. Siguiendo esta línea, el punk, o mejor dicho la moda punk, como ya lo ha hecho el grafiti e incluso Bowie, ha entrado en el museo y lo ha hecho a lo grande, con numerosos ejemplos que estudian las aportaciones y la versatilidad de lo que empezó siendo una subcultura, una ideología y un posicionamiento vital y estético que, con los años, ha terminado convertido en un estilo. Un estilo reelaborado y transformado de la mano de grandes modistas que no obstante y en un nuevo contexto, el de la industria de la moda, han generado creaciones estéticas tremendamente innovadoras y brillantes.
El display de la exposición, organizado en siete apartados temáticos, es tan excepcional como cualquier de las piezas de la colección que alberga el Museo, la documentación reunida es exquisita y la labor de documentación de la muestra es impecable y repasa aspectos desde los inicios del movimiento y su evolución en la actualidad como el DIY, los lugares estratégicos como el CBGB, los ídolos musicales como los Sex Pistols o los primeros diseñadores punks como Vivienne Westwood.
Inevitablemente, al contemplar esta exposición, una de las conclusiones que se extrae es que el Punk esta muerto pero su estética y sus aportaciones al mundo de la moda todavía tienen mucho que decir. Hasta el 14 de agosto.
Imagen: Vista de la exposición Chaos to Couture.
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09/05/2013 |
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Rosa Olivares
Cuando muere un artista perdemos la inteligencia, la imaginación, la mano de un creador. Cuando muere un amigo, nos quedamos con un agujero en el pecho. Pero cuando quien muere es un artista, un amigo y se llama Pere Formiguera, la pena es algo que supera cualquier explicación.
Enfermo, alejado de la escena y de los escenarios, Pere ha sido una de las cabezas más brillantes y uno de los fotógrafos más originales, más delicados y peor comprendidos de la fotografía española actual. Su trabajo sobre el tiempo (Cronos especialmente) es una obra imprescindible internacionalmente, su relación con el retrato, con el paisaje, con la infancia, su brillante forma de generar publicaciones infantiles, su increíble brillantez como escritor, todo ello, no ha conseguido el reconocimiento en una sociedad que nunca estuvo a su altura. Autor del proyecto FAUNA, firmado con Joan Fontcuberta, les llevó al MoMA, siendo los primeros artistas españoles que exponían allí, pero parece que el tiempo y la ignorancia de muchos ha borrado su papel en este proyecto. De espaldas al mercado y al éxito, pasó sus últimos años aislado, con el amor y la admiración de sus amigos. Esperemos que su llegada al más allá haya sido tan divertida como la de su personaje Hipòlit y, sobre todo, mucho más rápida.
Imagen: Pere Formiguera. Nu, s.f.
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09/05/2013 |
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Alberto Sánchez Balmisa
Una de las máximas más conocidas de Lawrence Weiner sirve de punto de partida y elemento aglutinador para la última exposición del Centro de Arte 2 de Mayo, comisariada por Javier Hontoria. Una muestra en la que el azar, el juego o la ausencia (voluntaria) de un discurso intelectual que ilustre y de soporte teórico a las obras incluidas en la exposición, termina por generar una interesante ejercicio curatorial acerca del grado cero de la creación. De este modo, Out of the Blue no propone sino que dispone, o en otras palabras, no ofrece una interpretación ni un relato sobre el arte de nuestro tiempo, sino que estudia la posibilidad de trabajar sobre un espacio expositivo epistemológicamente suspendido, operando más como un paisaje de la impotencia artística que como ese dispositivo tan en boga en las últimas dos décadas.
Pero Out of the Blue no sólo cuenta con Weiner como pater familias. Robert Filliou y su no "hacer nada" le acompaña en esta travesía hasta conformar una sagaz genealogía de la imposibilidad que incluye innumerables ecos a Sebald o a las máquinas improductivas de Deleuze y Guattari, pero sobre todo a aquel personajillo, el Bartleby de Melville, que en su deseo de no hacer nada generaba en torno a él infinitas interpretaciones. Y es que de eso es precisamente de lo que trata Out of the Blue, de un arte, o de aquello que en Occidente denominamos arte, liberado de sus acostumbradas tautologías, desprovisto de toda retórica. Así las cosas, entre objetos que desprovistos de utilidad (en la obra de Lara Favaretto o Ignasi Aballí) y formas aisladas que no conducen a nada (en David Maljkowic), el arte aparece replegado sobre sí mismo (en Etienne Chambaud). Más hermético (en Mark Manders o Helen Mirra), más irónico (Fermín Jiménez-Landa) y más consciente que nunca de su propia dificultad de vivir más allá de la idea de su autor. O, una vez expuesto, más allá de la mente del espectador. Hasta el 29 de septiembre.
Imagen: Helen Mirra. Vesitigio de un bosque que ya no parece un vestigio, 2007.
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